14 de abril de 2010

Él se sienta en su lugar de siempre. Ella pasa a su lado sin fijarse en él, la mirada puesta en las baldosas del suelo, cargando con la mochila sobre un hombro sin preocuparse de que vaya abierta. Él la ve dejarse caer en su asiento dos filas más allá, y cómo saca un cuaderno cuando la profesora empieza a hablar. Pero como cada día, Ella no copia lo que dicta la profesora. Sólo escribe.
Él no sabe que anota. Quizás sea su particular cuento de hadas, su diario, una carta que nunca acaba... Quizás...
Como hace todos los días, la observa intentando memorizar cada detalle. Se fija en las ojeras que lleva puestas desde hace meses, en los ojos rojos, en las marcas de uñas en la palma de sus manos. Puede imaginarla en su casa, abrazada a sus rodillas, llorando toda la noche de pura rabia. Y aún así, Ella intenta llevar máscara.
Ojalá pudiese ayudarla como fuese. Daría cualquier cosa por ayudarla. Pero Ella no quiere dejarse ayudar. Simplemente no acepta ninguna ayuda.
Él ve como una lágrima empieza a descender por su nariz, pero Ella rápidamente se la enjuga y aprieta los labios.
Nadie sabe lo que la pasa. Él tampoco. Pero no por ello va a rendirse.
Cuando en el reloj dan las 10, Ella levanta la vista, y como siempre, al pasar la mirada sobre Él, este le sonríe. Como de costumbre, no recibe respuesta. No importa, le ha visto y sabe que Él estará ahí. Con eso basta.
Algún día Ella le devolverá la sonrisa. Y algo habrá cambiado. Sólo espera a que llegue ese día.










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