Alguien me dijo una vez que cuando mejor escribía era cuando estaba triste. La dije que me parecía mal, que tenía que ser capaz de escribir siempre. Pero como muchas otras veces, yo me equivocaba y ella tenía razón. Sólo escribo cuando estoy triste.
Mueves la mano lentamente, mientras con el dedo vas dibujando caminos por donde irán las gotas de agua. Acaba de sonar el toque de queda hace cinco minutos, y ella ha tenido que cruzar a la otra zona. Ojalá te pudieses trasladar con ella, pero ser el alcalde tienes esos inconvenientes, y tu eres el alcalde de esta zona. Mientras sigues dejando resbalar tu dedo sobre el cristal decides escapar. Los muros te oprimen, y los focos nocturnos no te dejan dormir… Alguien debería hacer algo. ¿Y por qué no ser ese alguien? Es muy fácil decir que alguien debería hacer algo, pero nadie toma esa responsabilidad, así que hoy ese hombre serás tú.
Llevas esperando esta ocasión demasiado tiempo, preparándola con todo detalle. Abres la ventana y te dejas caer los metros que te separan del suelo. Cayendo pareces un fardo, pero rápidamente te repones y te internas en las sombras. De momento no te han descubierto. Por suerte Tritón no sale esta noche. Te calas la capucha y te acercas furtivamente al muro. Tienes miedo. La apuesta está sobre la mesa, ya no hay marcha atrás, es hora de levantar las cartas. Deberías haber traído una baraja contigo, pero habría sido de poca utilidad, aunque la vara sí que habría servido de algo.
Te paras a 5 metros del muro. Nada os separa. Corres a toda velocidad y en cuanto lo alcanzas empiezas a trepar con pericia. Alguien da la voz de alarma cuando estás alcanzando la cima. Un salto y estrás al otro lado. Las balas te impulsan para el salto. La capucha resbala de tu cabeza en el aire. Antes de llegar al suelo miras las estrellas. Ellas velarán por ti. Remy, viejo estúpido, la próxima vez que quieras matarte avísame a mí, seré más rápido. Lo siento, Anne , no habrá próxima vez.
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