Que pena, las nubes ya no pasan por aquí, y se agradecería. Sentir el agua corriendo por la piel, aunque sólo fuesen unas gotas. Sentir cómo la vida me recorre y descubre mis entresijos. Olvidar, aunque sólo fuese por unos segundos, el sol abrasador que me destroza la espalda, desde que está a mi derecha hasta que se escapa, y me deja una noche de consuelo, por la izquierda. El agua me limpiaría, me haría sentirme limpio, arrastraría el polvo del campo, el sudor, y los mosquitos. Aguaría el agrio humor del patrón. Embarraría los campos y entorpecería el paso del caballo bayo que monta el látigo, el látigo que marca surcos desordenados en mi espalda. Si lloviera…
Ahuecar las manos para recoger las gotas y beber, y engañarse a sí mismo, y pensar que estás lleno, que ya no necesitas comer más, que el agua te llena, sin fijarse en las costillas que marcan tu silueta. Sentir las lágrimas corriendo por tus mejillas, las lágrimas que nunca has podido llorar, hacerlas tuyas, y llorar, llorar por todos los que se han quedado atrás, por los que se han dejado la vida entre estos maizales, por el que cayó dos surcos más allá, y nadie fue a recogerle, por los que deben morir en las batallas al otro lado del valle, y porque de verdad mueran por liberarnos, llorar por llorar, por sentir que todavía sigues un poco vivo. Si lloviera…
Curioso. Llevo diez minutos soñando; que ironía, en las nubes, esperando un milagro. Pero no pasará, ninguna nube se decidirá a alejarse del mundo y acercarse a nosotros, tapar al sol y soltarlo todo, explotar. Si lloviera mi mundo se iluminaría con una sonrisa breve, aunque no sé si me quedan fuerzas.
Abro los ojos y me doy cuenta de que he caído al suelo. Los grilletes pesan, pero no siento la mordedura sobre la piel, no siento la presión en mis tobillos. Miro mi reflejo y veo mi cara sudorosa, triste, con los ojos apagados. Mi reflejo en un charco. Miro hacia el cielo y entre los maizales, tan altos vistos desde abajo, veo una nube, y detrás otra, y otra… Nubes que cubren al sol, y que lloran. Siempre supe que cuando muriera, Dios vendría a despedirse conmigo de mi familia y me acompañaría al subir. Ha sido lo único que nunca he perdido. La fe. Escucho los cascos acercarse y pararse junto a mí. El piafar, y la cola estrellándose contra las ancas. Y el patrón descabalga. Sé lo que va a pasar, lo he visto muchas veces; pero llueve. Por fin llueve. Gasto mis últimas fuerzas en dibujar la sonrisa prometida. Me quedaban fuerzas al fin y al cabo. Últimos segundos.

Aunque te resulte difícil de creer no caigo en quien eres. ^^
ResponderEliminarCuando lo sepa podré comentar más libremente sobre las entradas que has subido y que tanto me están gustando!
Un abrazo:
Iván