
28 de abril de 2010

21 de abril de 2010

14 de abril de 2010

12 de abril de 2010
When you and I are alone, I’ve never felt so at home
So tell me darling, do you wish we'd fall in love?
All the time, all the time
10 de abril de 2010
Alguien me dijo una vez que cuando mejor escribía era cuando estaba triste. La dije que me parecía mal, que tenía que ser capaz de escribir siempre. Pero como muchas otras veces, yo me equivocaba y ella tenía razón. Sólo escribo cuando estoy triste.
Mueves la mano lentamente, mientras con el dedo vas dibujando caminos por donde irán las gotas de agua. Acaba de sonar el toque de queda hace cinco minutos, y ella ha tenido que cruzar a la otra zona. Ojalá te pudieses trasladar con ella, pero ser el alcalde tienes esos inconvenientes, y tu eres el alcalde de esta zona. Mientras sigues dejando resbalar tu dedo sobre el cristal decides escapar. Los muros te oprimen, y los focos nocturnos no te dejan dormir… Alguien debería hacer algo. ¿Y por qué no ser ese alguien? Es muy fácil decir que alguien debería hacer algo, pero nadie toma esa responsabilidad, así que hoy ese hombre serás tú.
Llevas esperando esta ocasión demasiado tiempo, preparándola con todo detalle. Abres la ventana y te dejas caer los metros que te separan del suelo. Cayendo pareces un fardo, pero rápidamente te repones y te internas en las sombras. De momento no te han descubierto. Por suerte Tritón no sale esta noche. Te calas la capucha y te acercas furtivamente al muro. Tienes miedo. La apuesta está sobre la mesa, ya no hay marcha atrás, es hora de levantar las cartas. Deberías haber traído una baraja contigo, pero habría sido de poca utilidad, aunque la vara sí que habría servido de algo.
Te paras a 5 metros del muro. Nada os separa. Corres a toda velocidad y en cuanto lo alcanzas empiezas a trepar con pericia. Alguien da la voz de alarma cuando estás alcanzando la cima. Un salto y estrás al otro lado. Las balas te impulsan para el salto. La capucha resbala de tu cabeza en el aire. Antes de llegar al suelo miras las estrellas. Ellas velarán por ti. Remy, viejo estúpido, la próxima vez que quieras matarte avísame a mí, seré más rápido. Lo siento, Anne , no habrá próxima vez.
4 de abril de 2010
Estupido perdido
3 de abril de 2010
Agua
Que pena, las nubes ya no pasan por aquí, y se agradecería. Sentir el agua corriendo por la piel, aunque sólo fuesen unas gotas. Sentir cómo la vida me recorre y descubre mis entresijos. Olvidar, aunque sólo fuese por unos segundos, el sol abrasador que me destroza la espalda, desde que está a mi derecha hasta que se escapa, y me deja una noche de consuelo, por la izquierda. El agua me limpiaría, me haría sentirme limpio, arrastraría el polvo del campo, el sudor, y los mosquitos. Aguaría el agrio humor del patrón. Embarraría los campos y entorpecería el paso del caballo bayo que monta el látigo, el látigo que marca surcos desordenados en mi espalda. Si lloviera…
Ahuecar las manos para recoger las gotas y beber, y engañarse a sí mismo, y pensar que estás lleno, que ya no necesitas comer más, que el agua te llena, sin fijarse en las costillas que marcan tu silueta. Sentir las lágrimas corriendo por tus mejillas, las lágrimas que nunca has podido llorar, hacerlas tuyas, y llorar, llorar por todos los que se han quedado atrás, por los que se han dejado la vida entre estos maizales, por el que cayó dos surcos más allá, y nadie fue a recogerle, por los que deben morir en las batallas al otro lado del valle, y porque de verdad mueran por liberarnos, llorar por llorar, por sentir que todavía sigues un poco vivo. Si lloviera…
Curioso. Llevo diez minutos soñando; que ironía, en las nubes, esperando un milagro. Pero no pasará, ninguna nube se decidirá a alejarse del mundo y acercarse a nosotros, tapar al sol y soltarlo todo, explotar. Si lloviera mi mundo se iluminaría con una sonrisa breve, aunque no sé si me quedan fuerzas.
Abro los ojos y me doy cuenta de que he caído al suelo. Los grilletes pesan, pero no siento la mordedura sobre la piel, no siento la presión en mis tobillos. Miro mi reflejo y veo mi cara sudorosa, triste, con los ojos apagados. Mi reflejo en un charco. Miro hacia el cielo y entre los maizales, tan altos vistos desde abajo, veo una nube, y detrás otra, y otra… Nubes que cubren al sol, y que lloran. Siempre supe que cuando muriera, Dios vendría a despedirse conmigo de mi familia y me acompañaría al subir. Ha sido lo único que nunca he perdido. La fe. Escucho los cascos acercarse y pararse junto a mí. El piafar, y la cola estrellándose contra las ancas. Y el patrón descabalga. Sé lo que va a pasar, lo he visto muchas veces; pero llueve. Por fin llueve. Gasto mis últimas fuerzas en dibujar la sonrisa prometida. Me quedaban fuerzas al fin y al cabo. Últimos segundos.




